Saturday, March 24, 2018

No importa de dónde vengo, ni el origen de mi concepción. Importa a dónde voy, por O.S.


Nací el 29 de noviembre de 1975, a las 12:10 am en Venezuela. Mi madre era una adolescente de Secundaria, séptima de 11 hermanos en una familia muy desestructurada; mi padre, no lo sé, ni siquiera hoy, sé su nombre ya que fui concebida cuando violaron a mi madre.

Mi primer desafío, el de nacer. Sí, has leído bien, nacer, con el rechazo por parte de la familia materna y, tal vez, de la sociedad que no suele aceptar a un bebé nacido en estas circunstancias.

Mi niñez fue muy dura y complicada, llena de sacrificios y fuertes desafíos, desde vivir en hogares de cuidados (casas de acogidas) hasta ser, entre comillas, vigilada por vecinos maltratadores que, al final, me tenían como sirvienta para ganarme la comida del día.
O.S. tuvo una infancia muy dura.

Mi madre rompió el primer patrón, asumir su responsabilidad como madre aunque fuera tras una violación, alejarse de todo lo que pudiera impedir mi crecimiento y evolución.

Con todos los rechazos y de la mejor manera que pudo, mi madre me educó y enseñó los más grandes valores que un ser humano puede tener, entre ellos la humildad y el agradecimiento ante toda circunstancia buena o mala.

Vivíamos en un espacio muy reducido y humilde por no llamarlo precario, en una barriada en la ciudad de Caracas, Venezuela, en una casita de zinc tan rudimentaria que, en días de calor, debíamos permanecer fuera para no achicharrarnos y en días de lluvias, mejor lo dejo a su imaginación...

Llegué a mi pubertad con muchas carencias, sobre todo de amor, ya que mi única familia tenía que dejarme sola bajo mi propia responsabilidad, para así ella buscar qué comer. Sabía que muchas veces lo conseguía en la basura, mis juguetes eran heredados del aburrimiento de otros niños, aún así, MI MUNDO, como yo lo llamaba, era PERFECTO.

En la adolescencia mi sueño era trabajar para ayudar a mi madre que pasaba días enteros limpiando y planchando para que yo tuviese la mejor educación posible.

El mejor regalo que tuve al salir de la Primaria fue mi permiso de trabajo. En mi cabeza no existían las vacaciones ni festivos, existía el fuerte anhelo de tener dinero para olvidarme de pasar horas fuera de mi casita de zinc y que mi madre terminara la Secundaria que interrumpió para apostar por mi vida.

Comencé limpiando oficinas de ejecutivos. Limpiaba e investigaba cómo usar el ordenador, el fax, las máquinas de escribir, pasaba el paño y tocaba una tecla, tiraba la basura y sacaba una copia y así mi jornada era muy emocionante.

Siempre he sido una persona muy alegre y espontánea, así que conseguí un empleo de fines de semana: Entregar volantes en las gasolineras y, como empecé a ganar algo de dinero, ya no quería estudiar más.

Creo que nunca olvidaré las palabras de mi madre: “Lo que quieras lo conseguirás pero debes seguir un orden, sólo el cielo será tu límite. Eso me hizo recapacitar y volver a la Secundaria, pero mi anhelo de trabajo era mucho, así que una de mis profesoras de Secundaria, a través de su esposo, me apoyó para ser ejecutiva de ventas de pólizas de seguros. Pasé la entrevista a la primera, ya que como cuando limpiaba hacía mi propio master en cosas de oficina, eso estaba chupado.  Mi mayor problema: No tenía ropa. Recuerdo tener un pantalón y dos blusas pero tuve una idea: Comprar pegatinas que me permitían cambiar el aspecto de mi ropa y así, con dos prendas, tenía un armario repleto de ropa (claro, en mi mundo).

A los 17 años, llegué a la Universidad. A todas éstas, no sabía si tenía familia, tíos, primos, esas personas que conforman los lazos de sangre.

Mi madre también aprovechó el tiempo y terminó la Secundaria e íbamos a la par en la Universidad y, con su trabajo y el mío, nuestra casita paso de ser de zinc a madera; de cocinar con kerosene en una hornilla a cocinar a gas en dos hornillas...

Mi mundo no podía ir más perfecto, hasta que llegó un día que no he podido ni podré borrar de mi calendario de vida. Mi madre asistió al médico por encontrarse cansada y, al administrársele un medicamento errado, mi madre no sobrevivió a un paro respiratorio. No me pude ni siquiera despedir, cuando llegué al hospital ya estaba sin signos vitales, sólo recuerdo su mano fuera de la manta que la tapaba, donde tenía el anillo que intercambiaríamos cuando nos graduáramos.

Pasados los días del funeral, de lágrimas, desesperación, rabia, me sentía perdida, sola. Mis sueños, por el subsuelo. Odié con todas mis fuerzas a Dios, en quién siempre creí y me decepcionó.

Atenté contra mi vida en tres ocasiones; ahora entiendo por qué no tuve éxito. Una noche entre dormida y despierta, mi corazón latió con mucha fuerza y me vino la imagen de un hombre rubio, ojos azules y con una espada, vaya a saber quién era ése; más adelante me enteré de quién era ese hombre.

Gracias a ese sueño, en un mes encontré dos empleos y aprendí a dormir sólo tres horas. Mi casita de madera pasó a ser muy insegura, ya que al vivir sola hubo varios intentos de violaciones. Gracias a Dios, fallidas.

Dormía en plazas o puertas de iglesias, pero como mi mundo empezaba a ser perfecto otra vez, conseguí un tercer trabajo nocturno en un call center. Me sentía a salvo, lavaba mi ropa en los aseos de los trabajos y los secaba con los seca manos y, si era día de calor, se secaba encima. Me sentía fresca y limpia, ¿Qué más se puede pedir?

Ya más solvente, encontré una habitación compartida. No me alcanzaba para comer, pero tenía paredes de verdad. Solucioné lo de la comida comiendo bananas y mucha agua. Cuando me cansaba, bebía agua y comía muchas bananas.

Pasados dos años, volví a la Universidad y me gradué en Ingeniería Informática, segunda en mi promoción, por cierto, pero trabajaba de secretaria en una petrolera y no me encontraba cómoda allí.

Me entrevistaron en un Banco famoso de la ciudad, empecé como asistente de la asistente de la asistente del Presidente. En tres años pasé a ser su mano derecha. Trabajaba de sol a sol, mi mejor aliado, mi sueño, con tres horas estaba al 100%.

Ahorré y compré mi propio piso, sin muebles y con una bella cama de cartón, pero eran mis paredes, ya no tenía que salir cuando hacía calor. Lo más curioso del piso es que me lo entregaron con un único objeto, un cuadro con el mismo hombre rubio que vi en mis sueños; investigué y es un Arcángel llamado San Miguel.

Como ya tenía todo lo material que una chica, joven y guapa podría tener, hasta coche sin saber conducir, ¡¡¡QUERÍA MÁS!!! No estaba quieta ni un momento, empecé a investigar cómo sería vivir en el extranjero. Aparte, la situación del país se estaba poniendo difícil por temas de seguridad y políticos.  Incluso, me habían secuestrado en dos oportunidades para llegar a mi jefe.

Pensé en Estados Unidos, preparé todo, lo visité y no me gustó. Panamá, tampoco y muchos más. España me sonaba porque daban un máster de algo que me interesaba.
No fue fácil salir de mi país, aparte no tenía dinero, pero sí muchas ganas. Lo deseé con tantas fuerzas que pedí dinero prestado y, con algunas cosas que vendí, en otro momento explico que más hice, llegué a una ciudad costera de España en pleno invierno, no sé cómo sobreviven al frío la gente de aquí.

Volver a empezar de cero, en comida, ropa, amistades, direcciones, horarios... Los primeros meses perdía muchas clases porque me montaba en un tren para ir a un lado y llegaba a otro, no sé cómo lo hacía, pero era una experta.

O.S. ha vuelto a sonreír

Comencé a trabajar de secretaria, no me sentía cómoda otra vez, visitaba cada mañana una panadería y me imaginaba detrás del mostrador dando los buenos días a los clientes. Cuando se lo dije a la dueña, me respondió que lo podría hacer si así lo quería, que ella había pensado vender la panadería y ni siquiera su familia lo sabía.

 Yo no tenía el dinero, pero no dormía pensando en el olor a pan, y sin saber ni qué era un bocadillo. Y de repente, a las dos semanas me llamaron que querían comprar mi piso en Venezuela. Fue todo tan rápido que recuerdo que me ofrecieron por mi piso lo que pedían por la panadería. No lo dudé y adivinen, cada mañana doy los mejores buenos días detrás del mostrador a todos los clientes de la que es ahora mi panadería.

Pero aun así, seguía ese latido inquieto en mi corazón. Una mañana, la única amiga que tengo aquí dejó su libro en el mostrador. Cuando lo agarré para dárselo, me dio un corrientazo, me hirvieron las manos y el horno estaba apagado… Lo abrí y leí: “SIEMBRA SEMILLAS DE BENDICION”. Lo cerré y lo volví a abrir y otra vez leí lo mismo: “SIEMBRA SEMILLAS DE BENDICION”. Le pedí a mi amiga que me dejara su libro esa noche. No dormí leyéndolo y, al otro día, me lo compré, lo empecé a leer y volvía a abrirlo al azar y adivinen: “SIEMBRA SEMILLAS DE BENDICION”.

Me quise apuntar a un evento que organizaba el autor del libro.  Pero, aunque no había plazas, yo sabía que estaría allí, sin plaza, pero allí estaría. Lo pedí de regalo de cumpleaños. Y a la semana, no sólo me llamaron para decirme que tenía plaza para mí, sino, también, para mi esposo.

En el segundo día del evento, mientras el autor hablaba de mentorías sobre libros, sentí escalofríos, incomodidad total, ganas de llorar, aún no le sé describirlo. Sólo sé que salté por encima de las personas que tenía al lado y corrí como si se me acabara la vida, corrí tanto que fui la primera en obtener el contrato para escribir un Best Seller. Recuerdo que ni lo leí, pero lo firmé y, cuando regresé a mi silla, no sabía qué había hecho. Actué como hipnotizada y aún sigo así, porque, si no, no estarían leyendo esta historia.

Sé que este libro no llegó a mi vida por casualidad, llegó porque desde lo más profundo de mi alma, lo había estado pidiendo, lo había estado llamando. Pedí un mentor que abriera mis heridas y las sanara a la vez, porque sabía que sería la persona que me apoyaría y enseñaría a dejar mi legado en este mundo. Y, cuando tu alma grita, no hay nada que la detenga.

"Mi mundo es perfecto", sus dos primeros libros.

Porque sabía que él me ayudaría a honrar a esa persona que apostó todo por mí y rompió patrones aceptando a un hijo proveniente de una violación.  Esto es lo que yo soy producto de ello.

Deseo con todo mi ser abrir una fundación para niños que no tienen para comer, quiero crear una familia aunque no sea de sangre y quiero enseñarles que sí existe un mundo perfecto, ¡¡¡YO LO CREÉ!!! y no importa de dónde vengo, ni los orígenes de mi concepción. Importa a dónde voy.

O.S. son las iniciales de la mujer que ha escrito esta bella y emotiva semblanza de vida. Respetamos su intimidad y la valentía en transmitir su experiencia, con la intención de que su testimonio pueda ayudar a muchas otras mujeres que pasan por semejante situación.

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