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Sunday, February 11, 2018

EL AMOR ERA MÁS FUERTE QUE EL TRAUMA DE MI VIOLACIÓN, por Louise McLean



Me llamo Louise McLean, soy originaria de Terranova y viví en las Cataratas Bishop hasta los 10 años, cuando mi padre consiguió un trabajo fuera de la provincia y mi familia tuvo que mudarse a British Columbia (Canadá). Soy madre por violación.

Cuando tenía 16 años, tuve mi primer novio “serio”.  Después de 3 meses de relación, él abusó de mí.  Nosotros no teníamos relaciones sexuales, pero una noche a pesar de mucha resistencia e insistencia para que parara, lo hizo a la fuerza.

Louise y su hija

Un par de meses después fui al doctor y escuché las palabras: "estás embarazada". Me llené de alegría y una sonrisa inundó mi rostro. Trataba de contener lo que sentía porque en mi mente no podía comprender cómo era posible sentirme feliz por estar embarazada tras una violación, pero mi corazón ganó la batalla. 

Mi doctor me dijo que existía la opción de abortar pero que él no lo realizaría el aborto y le dije que me parecía bien y que de todas formas no quería hacerlo.

Hace 40 años, el embarazo adolescente, las relaciones premaritales y la violación tenían demasiados estigmas negativos alrededor.  Por esto, no quería contarles nada a mis padres porque tenía miedo de que ellos pensaran que el pequeño bebé que crecía dentro de mí era “algo” de lo que debían “hacerse cargo”.  Mi inocente hija pudo haber sido concebida en violación, pero no merecía menos protección y amor por tal razón.  Así que la mejor forma de protegerla era ocultar el hecho de que estaba embarazada y las circunstancias bajo las cuales había sido su concepción.

Durante ese tiempo fui a Planned Parenthood, como me había sugerido una amiga y la enfermera de la escuela.  Primero, no quería ir porque pensaba que ellos solamente efectuaban abortos, pero me aseguraron que me aconsejarían y ayudarían a decidir lo mejor para mí. Así que fui. Tenía 16 años y estaba atemorizada. Me senté en la sala de espera mientras leía los panfletos con los servicios que ofrecían, pero no veía nada que promoviera el quedarme con mi bebé y respetar su vida.

Me dirigí a la mujer que se encontraba en la recepción y le dije que deseaba hablar con alguien de cómo poder llevar mi embarazo a término y que me habían contado que ellos tenían un servicio de asesoramiento para ayudar a jóvenes que se encontraban en mi situación.

Para mi asombro, ella me preguntó si yo no estaba allí para abortar.  ¡Me quedé sin palabras!, no podía creerlo en absoluto y dije: “No, nunca podría hacer eso”. 

Cuando supo que no quería abortar, me dijo que ellos realizaban únicamente abortos y que, si no quería uno, no les interesaba hablar conmigo.  Me fui de allí sin poder creerlo.

Mi embarazo se mantuvo en secreto hasta los 6 meses de gestación y, entonces, mi madre me preguntó qué quería hacer.  Para su sorpresa, le dije que mi plan era terminar la escuela y tener a mi bebé. No era fácil para una soltera adolescente embarazada poder realizar actividades normales sin que hubiera comentarios malintencionados. La gente decía que yo no me tendría  que haber acostado con nadie, que era una desgracia y un mal ejemplo para las jovencitas; que debería estar apenada y avergonzada y evitar andar caminando y sonriendo por la calle.  Pero lo que más me lastimaba era oír decir que debía abortar.  No podía soportar que las personas me odiaran a mí y a mi bebé.

Mi fecha prevista para el parto era el 26 de noviembre de 1976.  Exactamente 2 semanas antes de ese día, estaba en la escuela y, de repente, mi vientre hizo algo asombroso que llamó mi atención y la de mis compañeros.  Era el final de la hora del almuerzo y unos compañeros me acompañaron a la clase de cocina mientras otros buscaban a la maestra y a la enfermera de la escuela.  Ambas vieron mi vientre y me dijeron que el bebé se había encajado y me explicaron que en las siguientes 2 semanas nacería.

Pude sentir sus contracciones durante las siguientes semanas. El doctor que me atendía regularmente estaba de vacaciones.  Cuando visité a mi nueva doctora, no podía creer que mi fecha de parto era el 26 de noviembre y me decía que las chicas jóvenes como yo no sabían cuándo habían quedado embarazadas, aún y cuando le dije que yo sabía el día, la hora y el minuto.  Para entonces, no se cuestionaba a los doctores, así que le hice caso a ella en lugar de a la enfermera de la escuela que me había dicho que podía tener al bebé cualquier día.

Finalmente, el viernes 17 de diciembre fui a ver a otro doctor y me preguntó si podía sentir las contracciones.  Le pregunté cuánto tiempo se sentían antes de nacer el bebé y me dijo que un par de días antes de que el bebé encajara. Asombrada, le informé que eso había ocurrido hace unas semanas. Él inmediatamente ordenó rayos x, reposo en cama y con base a los resultados fui admitida el domingo para realizarme una cesárea de emergencia y me explicó que tenía placenta previa y no había dilatado nada.  El doctor me preguntó que si ocurría algo durante el parto a quién debía salvar, a mí o al bebé, a lo cual respondí: “Por supuesto al bebé”.

Ese lunes, hace 40 años, le di la bienvenida a este mundo a mi querida hija Dianalee.  Según el doctor mi bebé había nacido con la piel en estado de descomposición debido a la larga duración del parto.  Me dijo que dejó registrado el nacimiento de mi hija como “milagroso” e inexplicable.

A sus 40 años de vida, Dianalee NUNCA me ha recordado el abuso por parte de mi violador. Ha sido un gran placer verla crecer y convertirse en la buena mujer que es ahora. Ella y su esposo Brian, están involucrados en trabajos de caridad y usan su testimonio para hablar de esperanza para la vida de los demás.  También me han bendecido con 2 nietos, no podría imaginarme la vida sin ellos. Tengo 7 nietos en total.

Las personas necesitan esperanza.  Necesitan saber que no están solas y que es posible hacer todo, que muchas mujeres lo han hecho antes y otras lo harán después de ellas.  Soy solamente una del 75-85% de mujeres embarazadas por violación que acepta la vida de sus hijos, ya sea siendo madres de crianza o madres biológicas.  Habló para ofrecer ánimo a las víctimas de violación embarazadas.  Tu bebé importa, más no la forma de su concepción. ¡Resiste, tú puedes lograrlo!


Testimonio traducido de Secular Pro Life

Saturday, November 18, 2017

¿Qué dicen las víctimas de una violación sobre su embarazo?



Stephanie Gray


Con frecuencia, se oye argumentar:

El aborto es necesario en aquellos casos en los que mujer es víctima de una violación y ha quedado embarazada”.

De todas las justificaciones que he oído sobre el aborto, ésta es, con diferencia, la más frecuente. Recordando una reciente entrada en el blog y la reseña del libro Una pregunta más bonita (A more beautiful question), me gustaría cuestionar esta afirmación con una serie de preguntas. 

¿En qué se fundamenta este apoyo concreto al aborto? ¿Se basa en la afirmación que han hecho víctimas de violación que quedaron embarazadas y han dado luz a sus hijos? ¿O se basa en las declaraciones de víctimas que nunca han quedado embarazadas en una violación o tenido abortos? ¿Es posible quedarse embarazada después de una odiosa agresión sexual y aún así amar al bebé que se ha concebido?

Consideremos las historias de Amanda Berry, Gina DeJesus y Michelle Knight. 

Estas tres mujeres fueron secuestradas (a las edades de 16, 14 y 21 años, respectivamente) y sufrieron violaciones diarias y otras torturas horrorosas a manos de Ariel Castro. Sobrevivieron más de una década recibiendo abusos inhumanos en su casa de Cleveland, Ohio. 


Amanda quedó embarazada tres veces durante su cautiverio. ¿Cuál fue su reacción?

En la primavera de 2006 supo a través de las noticias que su madre había fallecido de un ataque al corazón. 

Poco después, descubrió que estaba embarazada y escribió en su autobiografía: “Pienso que mi madre me envió este bebé. Fue su modo de regalarme un ángel. Alguien que me ayudara a recuperarme y me diera una razón para luchar”.

Ciertamente, en el libro Experiencias de supervivencia en Cleveland, que escribió con su compañera Gina, ellas se refieren así al bebé de Amanda concebida en violación: “Jocelyn Berry fue nuestra inspiración diaria. Hizo que aquel lúgubre lugar pareciera más luminoso y, en muchos sentidos, nos ayudó a superarlo”.

Amanda también escribiría de su hija Jocelyn: “Me preocupaba pensar que si yo tenía aquel bebé me recordaría a mi agresor por el resto de mi vida. Pero no es así. Esta pequeña es mi bebé. Todavía soy muy pequeña, quizás peso unos 50 kilos, menos que cuando llegué aquí, pero mi estómago me parece enorme. Me siento más como un ‘nosotros’ que como un ‘yo’. Cuando me encuentro triste o más deprimida de lo habitual, o cuando él (Castro) se comporta de modo desagradable y mi esperanza se desvanece, entonces me acaricio el vientre y le hablo a mi bebé”.

Después de dar a luz en aquella habitación de tortura escribió también: “Me acurruco en la cama con mi nuevo bebé. Mientras mi captor encadena mi tobillo a la cama, pienso en mi hija, nacida en esta prisión y en quién es su progenitor. Pero procuro centrar mi pensamiento en imágenes más felices; ella parece rebosar de salud y es tan hermosa… Voy a protegerla y ya veremos lo que el futuro nos depara”.

La experiencia de su compañera de calvario, Michelle Knight, fue muy distinta. Castro la embarazó hasta cinco veces y la golpeó cada una de ellas, sucesivamente, hasta matar a los bebés que había concebido. De hecho, Castro fue acusado de asesinato con agravante en cuatro de los supuestos.

La decisión del jurado ante estos cargos nos lleva a unas cuantas preguntas importantes: ¿Está mal matar por quien mata o por quien es asesinado? Si la muerte de esos bebés concebidos en violación supuso un delito para Castro, ¿no lo serán también para cualquier que mate a bebés también concebidos en violación? ¿Se fundamenta el Derecho humano a la vida en ser un ser humano o en las circunstancias según las cuales una persona fue concebida?

En su autobiografía 'Encontrándome: Una década de Oscuridad, una vida recuperada' (Finding me: A Decade of Darkness, a Life Reclaimed), Michelle escribe que cuando su verdugo la atacó con unas pesas porque estaba embarazada, ella gritó: “¡Para! Por favor, ¡No mates a mi bebé!”.

En otra ocasión en que la pateó el estómago para matar a otro bebé que había concebido, ella escribió: “Me levanté y fui al lavabo. Al rato metí la mano en el retrete y saqué a mi bebé muerto. Sollocé… La muerte me habría hecho sentir mejor que ver a mi propio hijo destrozado. Vi al feto en mis manos y le dije cuánto lamentaba aquello. Lo sentía muchísimo. Él no se lo merecía”.

Consideremos también la historia de Jaycce Dugard. La secuestraron Phillip y Nancy Garrido en California cuando sólo tenía 11 años de edad y la tuvieron encerrada durante 18 años. También sufrió violaciones y otro tipo de horrorosas vejaciones. Alumbró a su primer hijo a los 14 años y a un segundo bebé a los 17. Ella escribe de sus dos hijas concebidas en violación en el libro Una vida robada: Mis recuerdos' (A Stolen Life: a memoir): Tuve a mis hijas para que me dieran fortaleza” y “les estoy muy agradecida”. De su primer embarazo diría: “La conexión que siento con este bebé cada vez que se mueve en mi interior es un sentimiento increíble”.


Jaycee también escribió: “¿Cómo logras superar algo tan doloroso como todo aquello que yo viví? Simplemente lo haces. Yo lo logré porque no me quedaba otro remedio. Y lo haría de nuevo. Lo más precioso en el mundo para mí nació de aquel horror… mis hijas”.

Alguien podría argumentar que esas mujeres sufrieron agresiones y alumbraron a sus bebés mientras se encontraban en cautiverio. Ello explicaría que esas nuevas vidas supusieron una luz de esperanza en aquel entorno de sufrimiento y oscuridad que estaban viviendo; sin embargo, para las víctimas de una violación que no sufren ese entorno vejación, un hijo supone un recordatorio doloroso e innecesario.

Lianna Rebolledo

Como respuesta a este planteamiento, podríamos considerar el testimonio de mi amiga Lianna. Fue secuestrada y violada a la edad de 12 años. Después de aquella agresión se dio cuenta de que estaba embarazada. Un médico le ofreció la posibilidad de abortar y ella le preguntó si aquello iba a borrar la violación y disminuiría su dolor y sufrimiento. Cuando el doctor le dijo que el aborto no iba a borrar nada ella pensó: “Si el aborto no va a sanar nada, no veo la razón de hacerlo”. Decidió seguir adelante con el embarazo y dio luz a una hermosa niña a la que está enormemente agradecida. De hecho, Lianna quedó tan traumatizada por la violación que consideró la posibilidad del suicidio; pero reconoce que no llegó a quitarse la vida porque no quería matar a su bebé. En efecto, aquella niña concebida en la violación resultó la motivación para continuar viviendo y siempre dice que su hija le salvó la vida.

Ciertamente, no negaré que no todo el mundo reaccionará de la misma manera llegado el caso. Consideremos el genocidio de Ruanda donde se dieron violaciones masivas: se estima que unas 200.000 mujeres fueron violadas y 20.000 de ellas quedaron embarazadas. 


Una superviviente, Jacqueline, fue asaltada por un grupo de violadores y quedó embarazada de su hija Angel. Aunque inicialmente quedó traumatizada por la terrible agresión (como también por el asesinato de su marido e hijos), de hecho, intentó envenenarse y también a su hija cuando todavía era una bebé; finalmente, recibió apoyo y empezó a amarla hasta el punto de considerar que Angel había sido un regalo de Dios.

Con la ayuda y el apoyo correctos, es posible llegar a distinguir la inocencia de un bebé de la culpa de un progenitor. Después de todo, la presencia del bebé concebido en violación se convierte en el mejor de los remedios.

Otra pregunta a tener en cuenta es ésta: ¿Desviolará a una víctima el hecho de abortar?

La respuesta a esta pregunta es obvia. Recuerdo que en una ocasión puntualicé que, quede o no embarazada una víctima de violación, el asalto ya es de por sí un trauma que no desaparece. Una víctima de abusos sexuales me confesó: “Cierto, hace ya diez años que sucedió y sigo cada día con ello”.

Así, la siguiente pregunta a plantearnos es ésta: ¿Qué resulta más duro: ser un inocente al que se ha maltratado o maltratar a un inocente?

Mi amiga Nicole Cooley quedó embarazada después de una violación y abortó. Ella dijo: “Para mí, tener aquel aborto supuso ser violada de nuevo, incluso peor, porque en aquella ocasión yo consentí a la agresión”.

Nicole Cooley

Recordemos a Penny Ann Beernsten. En 1985 fue violada mientras corría alrededor del lago Michigan.  Lamentablemente, identificó a un hombre inocente, Steven Avery, como el responsable del crimen cometido y éste fue encarcelado durante 18 años hasta que el verdadero violador, Gregory Allen, fue identificado con nuevos métodos tecnológicos.

Penny escribió: “El día que supe que había sido exonerado de toda culpa fue peor que aquel día en el que fui violada. Realmente luché cuando mi asaltante me agarró. Le arañé, le golpeé y lo hice con furia. Después de los resultados del ADN me sentí sin fuerzas. No podía devolverle a Steve los años que había perdido”.

Estas mujeres sufrieron experiencias horrorosas que ningún ser humano debiera afrontar, pero ambas reconocieron un dolor más grande si cabe cuando se dieron cuenta que sus decisiones habían lastimado a otra gente. 

Por supuesto, nadie negará el impacto que su tragedia provocó en la lucidez de su juicio, y en el ánimo de los que las atendieron entonces, impactados por la magnitud de los hechos y que procuraron aconsejarlas correctamente; pero lo cierto es que resulta más doloroso y difícil aceptar que se ha hecho una injustica y un daño a un inocente que ser un inocente que ha recibido un daño.

Además, como el bebé concebido en una violación deberás salir del cuerpo de la víctima de un modo u otro, ¿qué es mejor, sacarlo vivo o muerto?

En una encuesta realizada a 192 mujeres que habían quedado embarazadas después de una agresión sexual, casi el 80% de las que habían abortado, aseguraron que el aborto resultó una solución equivocada. Entre el grupo de mujeres que decidieron dar vida a sus hijos, todas ellas se alegraron de haber seguido adelante con el embarazo y ninguna lamentó no haber abortado.

El documental  Digno de vivir: una mirada a los casos difíciles” (Allowed to Live: A Look at the Hard Cases) comparte historias asombrosas de gente que lamenta el aborto después de una violación, mujeres contentas de haber dado luz a sus hijos y personas que agradecen a sus madres el haber protegido sus vidas.

Esto me hace pensar en mi amigo Ryan Bomberger. La madre biológica de Ryan fue violada. Como dice en su biografía: “Fui adoptado a las 6 semanas de edad y crecí en una encantadora familia cristiana multirracial de 15 hijos”. Con hermanos de diferentes etnias, creció valorando y apreciando la diversidad. Diez de los quince hijos habían sido adoptados por esta formidable familia. Su vida desafía el mito del niño “no deseado”, pues fue adoptado y amado y salió adelante.

Stephanie Gray es una conferenciante pro vida. Dio su permiso para traducir y reproducir su artículo en salvar el 1.






Saturday, March 25, 2017

FUI VIOLADA POR MI PADRASTRO Y ABORTARON MI BEBÉ SIN YO SABERLO

Mis recuerdos más horribles datan del 21 de septiembre del año 1984, cuando fui violada por mi padrastro por primera vez...

En la ciudad de Arica, Chile, una niña de 8 años fue violentada sexualmente por su padrastro y amenazada con un cuchillo. El violador procedió a ultrajarla... Mamá no estaba y no pudo ayudarme. Ella había ido al hospital a dar a luz.


Al día siguiente me levanté y acudí a los carabineros para ver si me podían ayudar. Pero ellos me dijeron que no me creían y que estaba mintiendo.

Nunca le conté a mamá lo que había pasado porque mi padrastro me amenazaba con matar a mi mamá y hermana si lo hacía  y así pasaron los días, los meses y los años, también. Y las violaciones nunca cesaron.

Me sentía sucia, como si fuera una basura. Cada vez que me bañaba refregaba mi cuerpo hasta hacerme heridas para que mi cuerpo se limpiara de tanta mugre, de tanto dolor.

Cuando tenía unos 15 ó 16 años, mi padrastro me había  golpeado con una manguera. Y en ese momento me encaré y le grité que lo denunciaría. Ahí fue cuando me fugué de casa y me fui a mochilear con una amiga. Mientras, mi mamá me andaba buscando y, finalmente, dieron conmigo y me regresaron a mi casa. Pero, por aquel entonces, yo ya había notado que mi cuerpo de niña estaba empezando a cambiar insinuando una clara maternidad...

En cuanto estuve, de nuevo, al lado de mi madre le expliqué que no me encontraba bien, que me sentía mal. Había algo que se movía en mi interior, dentro de mí. Ella, una mujer in tanto ingenua, me llevó  al médico de Medicina General y éste,  muy molesto, me toma una ecografia y me dice: "Tan cabra chica  y embarazada". Quedé en estado de shock.

Me dejaron hospitalizada y en la noche me dijeron que me tenían que operar y ya no recuerdo más pues me durmieron por completo y no me enteré de nada. Pero, al día siguiente, noté un vacío que hasta hoy siento.

Con el tiempo supe que me habían hecho abortar con 6 meses de gestación. Pasé los dos años siguientes muy mal, yendo a terapia con una psicóloga que me ayudaba pero me costó mucho.

Luego, intenté  hacer otra vez mi vida y conocí al padre de mis hijos y nos casamos pero mi vida en pareja fue muy difícil porque no podía tener hijos. Supongo que fue una de las secuelas que aquel aborto dejó sobre mi cuerpo y alma. Pero gracias a un tratamiento de infertilidad logré ser mamá.


Si tuviese que aconsejar a una muchacha que estuviera embarazada tras una violación o un acto de incesto, le diría que tuviera calma y que todo pasará.  Que no piense  en abortar porque todo dolor dura un tiempo pero la muerte del hijo abortado es para siempre y que  si no quiere al bebé o no se ve capaz de criarlo,  que lo de en adopción. Yo hubiese amado a mi hijo concebido en violencia tanto como amo a mis otros hijos y a mi nieto.


BIO: Alicia Padilla, madre y abuela chilena. Escribió este testimonio de vida para SalvarEl1 (SaveThe1)